viernes, 30 de marzo de 2018

DESPUÉS DEL COÑO Y EL NEGRO, EL LARIOS



Menuda semanasanta, desfila el tercer trono...

jueves, 29 de marzo de 2018

REPERTORIO DE "PINÍCULAS" DE SEMANA SANTA

Tomado de elpais.com

Llega Semana Santa, y por mucho que España sea un estado aconfesional, comienzan las procesiones y en los cines y las televisiones empiezan a asomarse las películas de la época, esas que aunque pasen los años siempre aparecen durante estos días. Rey de reyes, La túnica sagrada, El cáliz de plata, Los diez mandamientos, Ben-Hur... que se mezclan con aportaciones de este siglo como La pasión de Cristo y las recién estrenadas en salas María Magdalena y Pablo, apóstol de Cristo. Y desmenuzando estos clásicos hemos descubierto algunos elementos comunes a casi todas ellas, los diez mandamientos de las películas de Semana Santa, un género que es capaz de abrazar en sus elementos desde el peplum religioso hasta el gore espiritual.

1.- Sandalias. Ahí están, con tiras hasta el tobillo o hasta la rodilla. Incluso hoy, en pleno siglo XXI, uno puede entrar en una zapatería española, pedir unas sandalias nazareno y el vendedor tendrá diversos pares de este género. Para que luego digan que la imaginería clásica está pasada de moda. Y para el caso, un clásico que incluye al calzado en su título, Las sandalias del pescador (1968), con un Anthony Quinn (que también tiene Barrabás como filme muy semanasentero) dando vida a un papa ucraniano que toma una decisión radical: vender el tesoro del Vaticano para acabar con una hambruna.

2.- Barbas. No hay película de Semana Santa sin unas buenas barbas en sus protagonistas. En realidad, el aditivo piloso puede ir y venir del rostro de sus protagonistas, pero en la versión menos hipster del asunto. Que se note en el pelo que sufren. Charlton Heston, el hombre de la mandíbula de acero, supo lucir la barba a lo largo de su carrera, incluso en clásicos de la Semana Santa, como Los diez mandamientos (1956).

3.- Título épico. Fundamental para resaltar entre el resto de la cartelera. Es el momento que desde su mismo nombre, este género se separe de las otras películas. La túnica sagrada es un buen ejemplo: el artículo 'la' señala que solo hay una (deseche imitaciones), 'túnica' ya nos retrae a otra época y el lado religioso llega en 'sagrada'. Este título resume todo el concepto en tres palabras, y sería imbatible si no fuera porque aún hay otro mejor con también unos escuetos tres vocablos que rizan el rizo: Rey de reyes (1961).

4.- Cero humor. Por supuesto, estamos hablando de filmes que se toman muy en serio, nada de adulterar el mensaje con chistes y bromas que hagan que el espectador se salga de la trama. Aunque a veces las intenciones de los cineastas sean otras, y logren colar subrepticiamente algún concepto oculto incluso a espaldas de los actores. A Heston nadie le avisó de que entre su Ben-Hur y Messala había algo más que amistad en Ben-Hur (1959), la epítome del cine de estos días.

5.- Caras conocidas. Este mandamiento no se cumple a pies juntillas, cierto. Pero en los años cincuenta y sesenta, los actores más populares se sumaban sin complejos a esas superproducciones. Quo Vadis? (1951) tiene, además de un buen latinajo en su título, a las estrellas de aquellos años Robert Taylor, Deborah Kerr y Peter Ustinov (clásico de este género).

6.- Aparición religiosa. Por mucho que sea un peplum u otro género cualquiera, en un momento u otro acabará apareciendo una zarza en llamas, un rayo de sol, una voz henchida de graves o cualquier otra señal que incida que esta no es otra película más de dioses del Olimpo repartiéndose estopa o un drama clásico. Incluso aunque sea un niño, podrá ver a Cristo, como en Marcelino pan y vino (1955).

7.- Una buena redención. Es curioso como esta acción se repite desde los albores del cine, gracias a Ben-Hur, que incluso se representó en teatro antes de saltar a la gran pantalla. Hay bastantes ejemplos, como Resucitado (2016), con un centurión (le da vida Joseph Fiennes) que ve la luz. Esa caída camino de Damasco tiene obviamente su mejor ejemplo en quien vivió esa acción: Saulo de Tarso, que ahora vuelve al cine con Pablo, apóstol de Cristo (2018).

8.- Histórica. Porque por mucho que se hagan películas religiosas que se desarrollen en la actualidad, el auténtico cine de Semana Santa viaja al pasado, a ser posible al tiempo de los romanos, como El cáliz de plata (1954), la única aparición de Paul Newman en este género: nunca se sintió cómodo en túnica y sandalias.

9.- Sadismo, persecuciones y sangre. No puede haber Semana Santa sin un poco de terror, sangre y sufrimiento, o con cristianos siendo devorados en el circo romano. Y eso en el cine puede alcanzar el nivel del gore si alguien como Mel Gibson se pone detrás de las cámaras. Atentos a su La pasión de Cristo (2004), de la que se está preparando la segunda parte.

10.- Y todos esos mandamientos se resumen en uno: La vida de Brian (1979), que asume las reglas precedentes, las deglute, las expulsa y deja para la historia una de las más grandes e irreverentes comedias de todos los tiempos. Aunque a algunos no les cuadre, otro filme perfecto para la Semana Santa.

miércoles, 28 de marzo de 2018

SUPERADO EL COÑO INSUMISO, TRIUNFA EL NEGRO DEL GUASAP



N.R. Trabajo para la asociación de abogados cristianos; esos sí que son oscuros...

martes, 27 de marzo de 2018

ME PASO EL LAICISMO POR LOS FORROS

Tomado de Cristina Espinoza en elplural.com

Si la lluvia por desgracia no lo impide, un batallón de alcaldes se colgarán desde hoy medallones, enhestarán (se me ha escapado, sorry) báculos y se pondrán delante o detrás o de las dos maneras de las procesiones de la ancha tierra andaluza, con severo gesto devoto, acompañando vírgenes y cristos, saludando al vecindario con leves y solemnes cabezazos.

La explicación de por qué se pasan por el forro el laicismo constitucional es tan lamentable como sencilla: todos los alcaldes creen que si no van delante o detrás de los cristos, las vírgenes y la banda de la Legión perderán muchos de los votos que les han aupado a la peana del poder municipal.

Creo que podría señalar con precisión el día que se jodió el laicismo, que acababa de nacer. Era yo una criaturilla pinturera que cabalgaba con entusiasmo las olas del periodismo y de la vida. Una primavera del 79, un pacto de izquierdas arrebató las alcaldías a la muchachada ucedista de la gran mayoría de los ayuntamientos andaluces. Franco se había muerto un lustro antes; las calles dejaron de estar de luto por cojones; los bares y las discotecas en plena ebullición, el mundo procesional perdía clientes a borbotones.

En estas llegué a pensar que por fin la mezcla tóxica de política y religión había sido conjurada por la democracia. Pero de pronto un concejal, seguramente comunista, seguramente gay, al frente del negociado de boatos y ringorrangos se empeñó en que lo apropiado era seguir con el gazpacho de mezclar los votos con la salvación de las almas. Apenas había empezado a andar, el laicismo había muerto a manos de la izquierda procesional.

Tanto fue el ardor que el rojerío en general, esos rockeros que nunca mueren, esos actores que vestían como El Che, esos escritores que hacían de la progresía su talento, se entregaron con brioso entusiasmo a la vindicación de hermandades, cirios y madrugás, como una suerte de frikismo espiritual. Y el antropólogo de guardia, que lo había y se llamaba Isidoro Moreno, venía a bendecir la contradicción porque no había tal y se podía ser marxista-leninista, ateo y cofrade por la gracia de Dios.

La voladura del laicismo institucional por los alcaldes y concejales viene siendo tomada como un pecadillo venial aparejado inevitablemente al cargo. La falta de respeto a la religión y a las cofradías que supone la invasión de los políticos en sus actos y procesiones, no se aprecia como una grave instrumentalización sino como una tradición que se remonta a la noche de los tiempos. Y no parece que tenga remedio.

Cada año por estas fechas (en Navidad buscamos a Chencho en la plaza mayor), mi altocargo y nos reponemos Calabuch, una de las más deliciosas películas de Berlanga, pera ver al cura gritar a los guardias civiles: “¡ A ver si desfiláis con marcialidad!". Y al sargento arengar a su tropa: “¡Y con mucha devoción!”

Y nos hacemos unas risas y unas torrijas con la poca vergüenza del personal.

sábado, 24 de marzo de 2018

MÁS Y MÁS RELIGIÓN

Tomado de Najat El Hachmi en elperiodico.com

Vuelve la religión con el vigor que da haberse quedado al acecho el tiempo suficiente para reavivar con fuerza. No la experiencia individual de la espiritualidad sino la politización de la fe. Se reaviva el aliento de la construcción ficcionada del mundo y otra vez quiere pisotear sin contemplaciones al hereje, al descreído, al insurrecto que osa mofarse de la falsedad que es poder y es doctrina y es enriquecimiento sin vergüenza y es injusticia y discriminación y orden establecido que somete, que convierte la no pertenencia en vergüenza, en palabras de la poeta Warsan Shire.

El obispo dice que la mujer es el demonio y se queda tan ancho mientras condenan a un hombre por hacerse una fotografía encarnando a Jesucristo y se investiga a un actor por blasfemia. En nombre de la ofensa se persigue una vagina gigante porque va en procesión y se busca en el infinito mar de las redes alguien, cualquiera, para castigarlo vía judicial y que sirva así de escarmiento, que los espectadores que miran no osen nunca profanar el nombre de Dios o la Virgen, imponiendo así la visión del creyente a la del resto de ciudadanos libres.

Y en lo que parece una alineación astral, a uno y otro lado, la religión se convierte en instrumento de cambio electoral. Un cartel cerca de mi casa dibujaba una mujer con pañuelo que en árabe decía no tener sangre catalana pero sí llevar a Catalunya en su corazón y nos instaba a votar por la república. Vuelve la sangre, como vuelve la religión pero lo extraño es que quienes se enfrentan ferozmente a las creencias de las que proceden, a su origen religioso, renuncian al secularismo cuando se trata de este otro que hay que integrar con todas sus diferencias y entre estas, por lo que parece, me entero ahora, la religión deja de ser un hecho íntimo y particular para pasar a formar parte de lo público.

De la misoginia de los textos no hace falta hablar. Así es como el cuento se acaba con que cualquier crítica a la religión de Mahoma se convierte islamofobia aunque quien haga la crítica tenga raíces musulmanas. Entidades públicas invitan a realizar actos religiosos porque esta es nuestra principal diferencia, la que nos han buscado desde que empezamos a instalarnos en estas tierras.

Nos devuelven a la tribu beduina y no importa si el discurso es radical y quiere convertir la fe en política. Y que sea, curiosamente, la supuesta izquierda la que promueva el culto y la ficción perpetuadora de injusticias ya no parece sorprender a nadie. Promovamos cualquier símbolo que toque la moral de la derecha, la extrema o no tanto, y hagamos de la religión una bandera mientras que callamos ante la segregación urbana, el racismo institucional, la exclusión y la pobreza. Satisfechas las demandas religiosas, no hace falta hacer políticas sociales.