Las víctimas sabían que se enfrentaban a un gigante cuando interpusieron sus denuncias en los tribunales bolivianos de Cochabamba. La Compañía de Jesús es una de las instituciones más poderosas del país latinoamericano y con los suficientes recursos como para pagar los mejores abogados. La verdad, pensó Edwin Alvarado cuando pisó por primera vez los juzgados en mayo de 2023, estaba de su lado. Pocas semanas antes, EL PAÍS había publicado un reportaje de investigación que revelaba que el ya fallecido misionero español Alfonso Pedrajas había dejado un diario donde admitía haber abusado de al menos 85 niños en Cochabamba y cómo sus superiores lo habían protegido. Pedrajas, conocido como Padre Pica, era el pederasta que agredió a Alvarado en 1984, cuando estudiaba en el internado Juan XXIII. Su denuncia se sumó a más de una decena de otros afectados y a varios legajos de pruebas que aportaron, entre ellas la investigación de este periódico. El procedimiento se alargó dos años, con altibajos por las dificultades de las víctimas para pagar un abogado, pero con un resultado feliz: la justicia condenó a un año de cárcel a dos de los altos cargos que protegieron a Pedrajas, los octogenarios Marcos Recolons y Ramón Alaix. El entusiasmo duró poco, pues la Compañía recurrió y los afectados temieron que una dilatación del procedimiento sería imposible de costear. Afortunadamente para ellos, el estudio del recurso ha durado siete meses y los jueces han ratificado la condena con contundencia: “Estos delitos son de lesa humanidad”.
El escrito, firmado este jueves por el presidente y los vocales de la sala penal del Tribunal Departamental de Justicia de Cochabamba, señala que “los acusados encubrieron hechos de violación y abuso sexual, concluyendo que el Colegio Juan XXIII y la Compañía de Jesús de Bolivia no actuaron en el marco de su posición garante y las obligaciones de proteger los derechos de los niños. Al contrario, vulneraron los mismos al no haber adoptado las medidas necesarias para prevenir la violencia, para investigarla, repararla y sancionar a las víctimas”.
A la pena de cárcel, este mismo tribunal ratifica que la Compañía deberá pagar la “reparación de daños civiles a favor de las víctimas”. Del mismo modo, avala que se se remita a la Fiscalía boliviana una docena de otros casos de pederastia clerical que han emergido durante el proceso, en el que también hay indicios de encubrimiento, para que los investigue y “si corresponde o no abrir causa contra los mismos”. La resolución es histórica, pues es la primera vez que un tribunal condena a dos altos cargos eclesiásticos por encubrir un caso en el que el pederasta ha muerto antes de ser juzgado y cuando los delitos de abusos están prescritos.
Los nombres de pederastas en Bolivia destapados por este diario son una docena, como Chesco Peris, el arzobispo español en Bolivia Alejandro Mestre o Lucho Roma. Este último, al igual que Pedrajas, escribió un diario (conocidos como Los Manuscritos de Charagua) donde relataba como agredió sexualmente y fotografió a más de 70 niñas guaraníes en el poblado de Charagua a finales de los 90. En este caso, los jesuitas investigaron el caso ―el jesuita, aún vivo, lo confesó todo― pero acabaron guardando el informe en un cajón para tapar el escándalo.
Los magistrados han insistido de ello en la sentencia: “Marcos Recolons y Ramón Alaix Busquets, al ser parte de la Compañía de Jesús, no solo encubrieron hechos del pederasta, sino otros hechos de abuso sexual, que solo ponían en conocimiento de su máxima autoridad, que era el padre general de Roma, Peter Hans Kovenbach. Demostrándose así una estructura de encubrimiento que, efectivamente, Alfonso Pedrajas relata en su diario”.
La Comunidad Boliviana de Sobrevivientes tiene juicios contra otros tres provinciales (entre los que se encuentra el actual, Bernardo Mercado), ya imputados por encubrir otros casos de pederastia. Además, dos nuevas víctimas han denunciado recientemente a Lucho Roma y la asociación espera que otras más lo hagan próximamente y contra Chesco Peris. Estos diferentes hilos se entrecruzan entre sí y forman ese gigante de mimbre al que se siguen enfrentando las víctimas de pederastia clerical del país latinoamericano.
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