Ruiz-Huerta).
Quizá porque sus eminencias reverendísimas andan aún dándole vueltas a lo de que Pedro Sánchez convoque elecciones ya, o por cualquier otra razón teológica de hondo calado espiritual, la mayoría de los obispos están desaparecidos en el drama migratorio de Ceuta. Diría —y que me perdone el poeta— que no me gustan cuando callan porque están como ausentes, pero menos aún cuando dicen lo que dicen. Se han limitado a denunciar la instrumentalización de las personas migrantes por quienes manejan el poder. Monseñor Argüello ha calificado lo ocurrido de “invasión” y ha señalado que la demografía está siendo utilizada “como un arma”. El arzobispo de Oviedo ha ido un poco más allá al asegurar que “todos no caben” y que la población ceutí está atemorizada. Son declaraciones que podrían haber salido perfectamente de los siempre sutiles labios de cualquiera de esos políticos matamoros que pululan por Vox y enervan a las masas con discursos de mucha bandera y poco pensamiento. Solo el prelado de Canarias ha remarcado el drama humano y la pérdida de vidas en el mar.
A un analfabeto religioso como yo le sorprende la falta de compasión y empatía de los obispos, y su inactividad ante el drama de Ceuta. Apenas han realizado un par de colectas a favor de los emigrantes en la diócesis de Cádiz. Ni siquiera han sido capaces de condenar los ataques a las ONG que distribuyen agua y comida entre los magrebíes hambrientos, ni las agresiones contra una diputada ceutí y sus acompañantes, incitadas por los bulos del ABC, OkDiario, El Español y Susana Griso sobre la llegada de supuestos “etarras” a Ceuta.
Siempre han hecho gala los jerarcas de la Iglesia de conocer la voluntad divina como si fuera la palma de su mano. Desde cualquier púlpito, hablan de Dios cual si de su cuñado se tratara. Saben lo que quiere y lo que, según ellos, nos manda: cuándo y de qué hay que confesarse; en qué minuto exacto se condenan los feligreses si llegan tarde a misa o cuáles son las células del cuerpo de la mujer que no pueden tocarse sin cometer pecado. Pero, curiosamente, no saben qué hacer para dar de comer a los que tienen hambre. Es raro, porque Jesucristo lo tenía clarísimo. Lo cuenta el evangelista san Juan:
“Entonces Jesús dijo: Haced recostar a la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo con los peces. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada” (Jn 6, 10-14).
Quizá podrían meter unos cuantos miles de migrantes en los conventos, santuarios, casas parroquiales o seminarios que mantienen vacíos, ahora que cada vez hay menos vocaciones. ¿No cabría incluso algún marroquí, por ejemplo, en la mansión que habita monseñor Rouco Varela? Vale, ya sé que es demagogia, pero...
Un gesto de generosidad por parte de la jerarquía eclesiástica para dar techo y comida a quienes más lo necesitan sería bien acogido por los cristianos auténticos. Quizá volverían a las iglesias que han ido abandonando entre bostezos, hastiados de monsergas y de escuchar homilías sobre los supuestos pecados del sexto mandamiento. Un tema, por cierto, que ni siquiera se menciona en el Evangelio.
En fin, amadísimos prelados, tienen vuestras eminencias Reverendísimas una oportunidad de oro —nunca mejor dicho— de compartir sus bienes y riquezas entre los pobres y oprimidos. Ese es el auténtico milagro: compartir panes, peces o propiedades. En eso reside la ética cristiana. La de Jesús de Nazaret fue una ética radical, cuya clave consistió en compartir la vida con los más vulnerables.
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