domingo, 4 de julio de 2010

Un buen relato corto...


Eduardo Rojo es un buen amigo, y también un buen anticlerical, que recientemente ha publicado su 4º libro, pero este es su primero de ficción. El libro consta de 42 relatos muy cortos, que tienen sentido por separado, pero que también componen una novela. Es una delicia. Transcribo, como muestra, este relato titulado “Las manos blancas”

“Nunca volví a ver unas manos tan blancas, ni siquiera después de tantos años en la cárcel. Cuando amortajaron a don Jerónimo, el cura del pueblo, y le pusieron las manos, una encima de otra, sobre el vientre, eran muy blancas, muy finas y de una apariencia translúcida. Eran unas manos con la sangre de nieve por dentro y como si fueran de cera por fuera.
Yo me encargaba de lavar la ropa de don Jerónimo dos veces por semana. Me dejaba la sangre de las manos en una pila a la que llegaba el agua clara y fría del manantial. Frotaba y refrotaba su ropa interior, sus pantalones, su sotana, sus sábanas… hasta sentir con los nudillos la aspereza de la tabla.
Don Jerónimo solía rondarme cuando hacía estas labores: me acercaba el jabón, me indicaba dónde quedaba una mancha pertinaz… Después, cuando colgaba la ropa al sol, me ayudaba a tensar las cuerdas del tendedero, me daba las pinzas a la mano…
Don Jerónimo, un cura de mediana edad y buena planta todavía, era tan servicial con una pobre lavandera como yo que hasta me perturbaba su presencia, sobre todo cuando insistía en doblar conmigo las sábanas antes de plancharlas, cuando, al dar el último pliegue, se tocaban nuestras manos y su olor se pegaba a la piel de mi cuello.
Las insinuaciones se convirtieron en roces en apariencia casuales e inocentes. Su confianza, la soledad de la casa parroquial y mi silencio apocado, acomplejado y temeroso, permitieron los toqueteos libidinosos y traidores.
La pasión de don Jerónimo por la carne se desbocó sin importarle su voto de castidad, ni tampoco mis lágrimas, ni mi conciencia atormentada, ni mi voluntad violentada.
Don Jerónimo salía de casa impecablemente vestido, con la ropa limpia y planchada, con el alzacuellos reluciente, pavoneando su orgullo de macho satisfecho.
Aquel día don Jerónimo, en el sermón, estuvo exultante en la defensa de la moral cristiana, implacable con los pecadores, especialmente -así tuvo el valor de decirlo- con los que deseaban a la mujer del prójimo.
Don Jerónimo regresó encendido de la iglesia, ni el agua fría de la pila le pudo aplacar, únicamente las afiladas tijeras que asían mi mano consiguieron frenar el caballo desbocado de su infame y prepotente lujuria. El contacto con el hierro heló la sangre de su corazón, dejó sus manos blancas, plenas de pureza virginal, para admiración de todos los feligreses que acudieron al duelo. Para que luego digan que Dios es justo…”

3 comentarios:

El Morgan dijo...

Una pequeña maravilla, bien escrito, mejor estructurado, ingenioso y muy oportuno.
Si el resto son similares, tu amigo llegará lejos en el proceloso mundo literario.

Lisístrata dijo...

miraré en casadellibro a ver si lo tuvieran y en ese caso lo tendré en el próximo pedido. Me ha gustado la muestra.

azotacuras dijo...

Real como la vida misma.